CANTABRIA | VALLES Y PUEBLOS CON ENCANTO
CANTABRIA A TRAVÉS DE SUS VALLES Y PUEBLOS CON ENCANTO
Cada uno, con su propio carácter, da razones para volver.
Cantabria tiene una geografía infinita: carreteras que suben y bajan, valles que se abren de repente, pueblos que aparecen sin previo aviso entre montañas o junto a la costa. Liérganes, Comillas, Santillana, los valles pasiegos, el valle de Liébana… Ninguno se parece al anterior. Y en todos hay algo que justifica el desvío.
SANTOÑA
A 20 minutos de Las Cinco Calderas
Santoña es villa marinera, pueblo de anchoas y monte a la vez. Tres planes distintos que encajan bien en un mismo día.
El más exigente y el que más se recuerda es la subida al faro del Caballo por el Monte Buciero: una ruta circular de unos 12 kilómetros que rodea la península y desciende hasta el faro por una escalinata de 763 peldaños prácticamente verticales. No es un paseo: conviene ir en forma, con calzado adecuado y agua. En temporada alta el acceso está regulado y requiere reserva previa. Para quienes prefieran verlo sin las escaleras, hay excursiones guiadas en barco desde el puerto que bordean los acantilados del Buciero y se acercan al faro desde el agua: una perspectiva diferente y completamente válida.
Bajando al pueblo, la bahía se abre hacia la imponente playa de La Salvé de Laredo, una vista que cuesta dejar de mirar. Nada más salir de Santoña aparece Berria: dos kilómetros largos de arena dorada y mar abierto.
LIÉRGANES
A 20 minutos de Las Cinco Calderas
Liérganes es de río, no de mar. Y tiene otra escala: más íntima, más verde, sin monumento que te obligue a sacar la cámara cada diez metros.
Su rincón más icónico es el Puente Mayor de 1606, bajo el cual descansa una estatua solitaria y meditabunda: el hombre pez. La leyenda cuenta que en el siglo XVII un vecino salió a nadar y no volvió. Años después apareció en las costas de Cádiz, cubierto de escamas y sin habla. Solo reconoció una palabra: Liérganes. Lo trajeron de vuelta,vivió allí un tiempo…y desapareció de nuevo en el mar. Hay un Centro de Interpretación dedicado a la leyenda, en el molino de al lado del puente. Merece la pena, aunque solo sea para ver hasta dónde puede llegar una historia.
El casco histórico tiene más de veinte edificios barrocos y neoclásicos, y fue también el lugar donde se instalaron los primeros altos hornos de la Península, para fundir los cañones de la Armada española. La fábrica nació porque Felipe III necesitaba dejar de depender de la artillería inglesa, y eligió Liérganes por su río caudaloso, sus bosques y sus minas de hierro cercanas. El mismo rey que veraneaba en Santander, al parecer también encontraba en este rincón de río algo que el mar no le daba.
COMILLAS
A 50 minutos de Las Cinco Calderas
Comillas es de esos sitios donde te preguntas cómo acabó aquí todo esto. Un pueblo pequeño, de pescadores y balleneros, que a finales del siglo XIX se convirtió en destino de veraneo de aristócratas y acabó con obras de Gaudí, Domènech i Montaner y Joan Martorell repartidas por sus calles como si tal cosa.
Todo llegó de la mano del Marqués de Comillas, un indiano que hizo fortuna en Cuba y volvió dispuesto a transformar su pueblo natal y de paso, sin saberlo, ofreció a una generación de arquitectos catalanes el primer gran escenario donde ensayar lo que luego llamaríamos modernismo.
El Capricho de Gaudí sigue siendo la visita imprescindible, pero vale la pena no quedarse solo ahí: el Palacio de Sobrellano, la Universidad Pontificia dominando el pueblo desde lo alto, el cementerio modernista con el ángel exterminador… Todo en un radio de apenas quinientos metros que puede recorrerse a pie en una mañana
santillana del mar
A 40 minutos de Las Cinco Calderas
Hay un dicho sobre Santillana que dice que tiene tres mentiras en el nombre: ni es santa, ni es llana, ni tiene mar. Y así, con ese punto de trampa, es uno de los pueblos más bonitos de España. La villa lleva en pie desde el siglo IX, y casi todo lo que se ve hoy: las fachadas blasonadas, los balcones de madera, las portadas de piedra datan de los siglos XVI y XVII, cuando el dinero que llegaba de América dejó una última capa de esplendor sobre el pueblo medieval.
Todo está tan bien conservado que a veces parece un decorado. Pero no lo es. Por algo es un pueblo tan turístico. El truco es llegar temprano o al atardecer, cuando los grupos se han ido y el pueblo recupera algo de silencio. La Colegiata de Santa Juliana, románica del siglo XII, merece una visita. Es el origen de todo, incluido el nombre del pueblo. Y a pocos minutos, está el Museo de Altamira, del que hablaremos más adelante.
Valles pasiegos
Los Valles Pasiegos no tienen un gran monumento que ver, aunque no hace falta. Aquí el plan es conducir, parar cuando apetezca y mirar. El paisaje es de un verde casi irreal: prados infinitos, cabañas dispersas por las laderas, carreteras que suben y bajan sin avisar. Es Cantabria hacia adentro, sin costa.
Ruta en coche para un día (también funciona con lluvia)
Una ruta circular muy recomendable parte desde la Casona y recorre los valles → Villacarriedo → Selaya → Puerto de la Braguía → Vega de Pas → Puente Viesgo → vuelta por la A-67. Las paradas clave: en Villacarriedo, el Palacio de Soñanes (un palacio barroco espectacular en medio del valle, hoy hotel y restaurante) vale una parada aunque sea para mirarlo desde fuera. En Selaya, las mejores quesadas de toda Cantabria. El Puerto de la Braguía tiene miradores con vistas a los tres valles (si no hay niebla, claro, y si la hay, también tiene supunto). Y Vega de Pas es el sitio para comer: guisos de cuchara, quesos y carne de la zona. Puente Viesgo cierra el círculo: precioso pueblo que alberga cuevas con pinturas rupestres del Paleolítico, de las que hablamos en el apartado de arte rupestre, y un balneario
centenario por si el día da para más.
Valle de liébana
A una hora y media aproximadamente de Las Cinco Calderas
El Valle de Liébana es otra Cantabria. Más vertical, más profunda, rodeada por los Picos de Europa. El camino ya forma parte del plan: el Desfiladero de la Hermida abre el valle como una puerta estrecha y dramática. Dentro, Potes es el pueblo de referencia, con su arquitectura de piedra y sus puentes, pero los alrededores dan para mucho más: el Monasterio de Santo Toribio de Liébana, el Teleférico de Fuente Dé, que sube en 4 minutos a los Picos de Europa (hasta los 1.800 metros) y deja unas vistas impresionantes. Es el destino más alejado de esta lista, pero si se reserva un día entero, merece cada kilómetro
Un valle que no sale en los folletos: Polaciones
A una hora u 30 minutos aproximadamente de Las Cinco Calderas
Al oeste de Cantabria, siguiendo el río Nansa por carreteras cada vez más estrechas, se llega a uno de los rincones más desconocidos y más auténticos de la región.
El Valle de Polaciones no está pensado para el turista. Todavía. El Mirador de Piedrasluengas, a más de 1.300 metros, abre una de las panorámicas más grandes de Cantabria: los Picos de Europa, Peña Labra, el Tres Mares y los valles de Liébana y Valdeprado, todos a la vez. Cada otoño, en los lindes del Parque Natural Saja-Besaya, los hayedos arden en color y los bosques se llenan del bramido de los ciervos durante la berrea, uno de los espectáculos naturales más impresionantes del norte de España.
Algunos de los que estamos detrás de Las Cinco Calderas descendemos de aquí. Quizás por eso nos parece importante nombrarlo: porque Cantabria tiene más capas de las que se ven desde la costa, y Polaciones es una de las más profundas.
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«Un paseo por los valles cántabros haciendo paradas en algunos de estos pueblos con encanto es un plan casi obligatorio para descubrir Cantabria a través de su gastronomía y cultura tradicional»
Rutas en plena naturaleza, playas, visitas a ciudades… Sigue descubriendo los planes con más encanto cerca de Las Cinco Calderas
